sábado, 15 de noviembre de 2008

Let's go to G-20 party


Escribo estas líneas cuando, de aquí a media hora aproximadamente -00.00 en hora española, 18.00 en la estadounidense- Bush recibirá a los asistentes de la cumbre del G-20 en la Casa Blanca. Me gustaría saber de qué tipo de recepción se trata. En estos momentos todo está ya estrictamente estipulado, la disposición en la mesa –que se “arrejunten” los que se llevan bien- está perfectamente calculada y por lo tanto no hay –o no debería haber- ninguna sorpresa. No se produce, entonces, aquella situación de incertidumbre, la del niño que espera tras la puerta el día de su cumpleaños con el festín perfectamente dispuesto –sándwiches de chocolate, ganchitos, serpentinas- y mira de reojo tras la cortina, ansioso por saber si finalmente alguien va a asistir, o se tendrá que comer los ganchitos con su abuela.

Pero, curiosamente, cuando pienso en la inclusión de España en la cumbre del G-20, se recrea en mi mente una situación muy parecida:

Tenemos en nuestra historia a la rubia de la clase que celebra una fiesta en su casa y a la que todos los demás quieren asistir. No hay duda de que todos –o la gran mayoría- detestan a la rubia, pero piensan que siempre se extrae algo de ese tipo de fiestas, aunque solo sea un incremento en el estatus por el hecho de haber sido asistentes.
Tenemos a una de las alumnas -la que le dijo a la rubia que debería hacer la fiesta en su casa- que se lleva bien con una de las chicas de clase que pasan algo desapercibidas, y pese a que inicialmente nadie la ha nombrado para ser asistente, ella le cede una de sus invitaciones: -“tía, tu no puedes faltar”.
Y la otra, muy prudente, que jamás hubiese pisado la casa de la rubia pero que vistas las expectativas llevaba quince días mordiéndose las uñas esperando la invitación, le dice que no, que no, que eso no puede ser, porque el anfitrión debe ser el que la invite personalmente. A lo que la amiga le responde: -Puaf, pero si la fiesta la he organizado yo, lo que pasa es que es en su casa, que yo paso de enguarrar la mía”.

Finalmente esta última accede a la invitación -puesto que es de esas invitaciones que no puedes rechazar nunca- pero va como a medio gas, sin saber muy bien qué va a decir cuando llegue, y con la incertidumbre del que no ha pisado nunca la Casa de la rubia pero que ahora decide ir, más que nada porque si no no tendrá nada a comentar con sus compañeros el lunes.

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